Mi perro Godo 2

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Hola de nuevo, me llamo Julia, tengo 29 años, soy de estatura media, argentina, delgada, blanca, pelo castaño claro largo lacio y de medidas normales pero muy trabajadas.

    Resulta que mi vecina dejó a mi cuidado, su hermoso y enorme gran danés gris de nombre Godo. Al inicio de la semana tuvimos un problema en la oficina y nos mandaron a hacer home office hasta que se solucione el problema.

    Era mediado de marzo y estaba en la cama acostada, vestida con un pijama de dos cuerpos de seda azul, que consiste en una remera muy corta y un mini short volado, ajustado a las caderas pero muy suelto y ligero que deja tres cuartas partes de mi cola redonda y firme al descubierto. Al mover mis piernas quedaba visible un diminuto triangulito de fina tela blanca que se introducía un poco en mi depilada entrepierna.

    Me desperté temprano después de tener un sueño confuso pero erótico entre una mujer y un perro gris. Sonrío e intento volver al sueño que me tenía intrigada, pero la luz del sol pegaba directo en toda la habitación y en mi cara, me había olvidado bajar la cortina por la noche. Al abrir mis ojitos ¡estaba Godo! que emoción me dio al verlo. Se encontraba de costado lamiendo sus enormes bolas que se movían al ritmo de su lengua larga y húmeda. Desde lo que pasó en la ducha no paré de pensar en lo que sería avanzar y conocer sexualmente a mi nuevo compañero, aunque me daba un poco de miedo. Sigilosamente comencé a tocarme por sobre el mini short mientras imaginaba ser yo la que pasaba la lengua por las bolas y lo que ya tenía a medio salir, su enorme y brillante verga, que ahora me tenía hipnotizada. El ruido de sus lamidas me estaba excitando tanto que finalmente, con mi mano izquierda me chupé el dedo del medio y con la otra mano fui usando mis dedos: con el anular corrí a un lado el mini short azul, con el dedo medio destapé la humedecida tanguita blanca y con el índice comencé a estimular mi clítoris. De repente suena el celular. Godo levanta su gigantesca cabeza y hacemos un prolongado e intenso intercambio de miradas. Sonrojándome hasta las orejas noté que teníamos el mismo color marrón claro. El celular seguía sonando. De mis pequeñas fosas nasales de puntiaguda nariz, exhalaba aire caliente de clara excitación. Finalmente giré mi cuerpo a la mesita de luz para ver que se trataba de mi jefe. Resoplando viento caliente, tuve que atender.

    El día arrancó y ya estaba atrasada, tenía que ponerme a trabajar cuanto antes. Despejé de mi mente todo lo que había pasado y enfoqué mis pensamientos en una de las cosas que mejor me salen. Colgué con él y noté un mensaje de Lau por whatsapp que decía: “si Godo se pone muy cargoso, rocía agua en su cara con un spray” el mensaje me pareció gracioso, y recordé que tenía uno en el baño. Saludé a mi compañero de cama agarrándolo de las orejotas y dándole un beso en la frente (hacia 2 años que éramos vecinos y desde cachorrito que le llevo comida y jugamos un rato, estamos familiarizados). Sin tiempo a desperezarme me dirigí apurada al ambiente preferido del departamento, ¡el vestidor! Ahí tengo toda la ropa bien ordenada y un espejo inmenso que va del piso al techo, el cual se ve reflejado mi somier y la ventana del cuarto (desde el reflejo pude ver a Godo bostezar). Ese día debía estar muy bien producida, ya que iban a haber reuniones importantes en línea, con cámara y me encontraba disputando una suba de salario con mi odiosa compañera Florencia, una cuarentona milf de bombacha veloz (alguien fácil de liar).

    Apurada me desvestí por completo. Me vestiría de oficinista provocativa. Elegí un corpiño bralette de encaje negro y para combinar me puse una diminuta tanga roja de tiritas que se pierde por completo en mis curvas. Arriba elegí una escotada blusa negra que deja lucir mis atractivos pechos (que a mi jefe lo vuelve loco), con la espalda abierta. Para realzar mi figura, opté por una pollera tubo de lycra roja, con un tajo al costado, que se ajusta bien alto en los abdominales por sobre la blusa. Hoy era el día para vestirla, ya que un tiempo atrás, la había estrenado y tristemente con cualquier movimiento se subía demasiado hasta incomodarme de sobremanera. Sentada quedaba totalmente expuesta. Y aunque generalmente por la calle me miran mucho, esa vez fue excesivo. De accesorio, me abroché un ancho y grueso cinturón negro con una hebilla circular rodeando mis caderas y pupo. Por último miro hacia abajo donde tengo las sandalias guardadas al fondo y las que yo quería eran unas negras de HP que son súper cómodas y lindas (amo la raza Basset Hound).

    Al agacharme noto que están más al fondo de lo que recordaba. Entre tantas cajas me arrodillo y estiro (eso hizo que la pollera se suba dejando la mitad de mis nalgas al descubierto y asomándose entre ellas, mi ahora expuesta vagina comiéndose parcialmente el hilo de la diminuta tanga). Antes de que pueda llegar a agarrar las sandalias sentí una presencia entre mis piernas olfateando mi sexo. Aunque estaba apurada, seguía caliente, así que lo dejé husmear hasta que un largo lenguetazo sólido y robusto recorrió toda mi entrepierna por sobre la tirita roja abriendo mis nalgas a su paso. La sensación fue increíble. Con cada lamida  larga y rasposa de abajo hacia arriba, abría más y más mis labios vaginales, introduciendo vorazmente la tanga dentro de mi interior, corriendo el hilo protector rojo de la cola, llegando directamente a mí abierto ano. ¡Me estaba comiendo entera! Atrasada y todo no podía frenar, sin más, aparte a un costado la telita empapada y recosté mi cabeza sobre el brazo arqueando la espalda y levantando mi golosa cola. Él deslizó una pata por sobre mi dividido glúteo producto de la tanga recientemente corrida. Al hacerlo, sin querer levantó aun más mi pollera e introdujo su hocico de lleno en mí entrepierna. –Ay Godo, que bien se siente. Pensé en mis adentros.

  Estaba gozando de un increíble sexo oral matutino.

    Comencé a sobarme los pechos por encima de la blusa, mientras observé por debajo de mi cuerpo, lo expuesta que me encontraba. El gran cinturón se había deslizado por mis costillas, haciendo tope debajo de mis senos, la pollera de lycra subida y la tanga de costado, dejando ver por completo mi desprotegida conchita depilada, siendo devorada por un perro enorme y gris. Por entre mis largas piernas chorreaban gotas finas de fluidos mixtos.

    Normalmente tardo en acabar, pero ésta vez en pocos minutos, tuve un orgasmo fuerte y hermoso que me hizo convulsionar entera varias veces. Tomé aire y sin tiempo para más, incité a Godo a que pare. –Ya está bombón. Buen perro. Sal, dale.

    Peleamos un poco entre mi mano y su hocico todo acabado por mi vagina, hasta que logré retirarlo. Pero al querer sacar su pata delantera,  tuvo dificultades. Al verlo de reojo lo encontré enganchado a la tirita roja de mi tanga, me reí, hasta que finalmente de un brusco movimiento, me la bajó hasta los tobillos arañando profundamente mi glúteo, quedando libre su pata y mi entrepierna totalmente desnuda.

    De inmediato me montó con un salto aferrándose en mi cintura, y arremetió contra mi indefensa conchita levantada, metiéndose de lleno en el guardarropa conmigo. Grité. Choqué levemente la cabeza contra la pared oscura, el movimiento hizo caer sobre ambos muchas camisas y camperas. Antes de poder retarlo, sentí un ardiente dolor en mi vagina y vientre ¡Godo me había penetrado! Su verga estaba estancada a medio meter en mi estrecha cavidad, grité nuevamente al sentir lo gruesa y dura que la tenía. Fue tan intenso el dolor que me arrojé al suelo mientras recorrían por mis mejillas las primeras gotas de llanto. El primer intento por quitármelo fue frustrado. Godo me retuvo vigorosamente, quedando aún enganchada de su miembro habiéndola desenterrado apenas unos angustiosos centímetros. Como una grúa, con sus patas delanteras atenazando fuertemente de mi vientre, estiró sus patas traseras levantándome toda desde la cadera, dejándome en puntitas de pie y con la tanga a medio caer. Estaba casi en el aire, con mi cabeza boca abajo y mis largos pelos tocando el suelo. – ¡Soltame! Le grité.

     Aprovechando el impulso, Godo me penetró por segunda vez, ahora sentía su enorme falo puntiagudo, húmedo y ardiente haciéndose paso por mi estrecho pero más accesible canal lubricado. Aprisioné con fuerza su verga con mis músculos vaginales para que no avance más. Apoyé mi mano derecha en la pared del vestidor comenzando a pararme, mientras con la otra le sostuve su muslo robusto para hacerle tope a futuras embestidas, aún no la había metido toda. Me encontraba atrapada, inclinada sobre la pared con el gran danés sobre mi espalda -¡Godo, hasta ahí, no más por favor!- pensaba en mis adentros.

    Con el peso de mi cuerpo controlado, Godo ladró y volvió a empujar por tercera vez su pedazo de carne hirviendo contra mi estrecha conchita casi vencida. Su fuerza bestial se impuso por sobre mi brazo, enterrándomela casi por completo. Un grito agudo salió de mi boca y abrió de par en par mis ojos enrojecidos largando un profundo llanto. Estaba con mi cara y senos estampada a la pared y con mi nuevo amante dándome de atrás -¡Para Godo! le grité mientras caían más lágrimas de dolor de mis ojos marrones.

    De manera arrítmica y dominante, el perro comenzaba a culearme. Sentía gotas de saliva caliente caer sobre mi espalda mientras su vientre chocaba contra mis nalgas metiendo y sacando su poderosa arma sexual con mayor facilidad, golpeando ahora la entrada de mi útero. Seguramente se podía escuchar por toda la casa el sonido de nuestros cuerpos chocar, como fuertes aplausos veloces y discontinuos. Comencé a gemir de manera audible con cada embestida violadora.

    Cuando mi sexo comenzaba a amoldarse a la verga de mi macho, sus arremetidas se volvieron más poderosas y veloces. Noté una inmensa presión en la entrada de mi vagina. Finalmente hacía aparición su bola enorme de carne maciza, expandiendo mis hinchados labios vaginales con cada nueva arremetida, pujando por entrar. Recordé el descomunal tamaño de la bola cuando lo bañé en la ducha. Me asusté – Godo, no, no estoy preparada- le decía como si pudiera entender.

    Pero mis actos eran contrarios a mis palabras y abrí mis piernas hasta lo que la tanga en mis tobillos me permitió. Godo volvió a empujar pero el ancho que le había dado de mi angosta vagina no fue suficiente. – ¡Dale, entrá de una vez! Pedía a gritos mi cuerpo extasiado y sudado.

 Cuando repentinamente, volvió a sonar el teléfono.

    Sin duda alguna era mi jefe preguntando por qué no estaba en línea ¡perdería mi posibilidad de un aumento de sueldo! En un segundo me volvió el aire al cerebro e ideé la manera de sacarme a Godo de encima. Mis ganas de ser abotonada debían esperar, el teléfono no paraba de sonar. Mis manos batallaron ahora por destrabar sus poderosas patas de mi chato vientre – ¡Pará Godo, No! Lo intentaba frenar sin lograrlo.

     Por fin, usando todas mis fuerzas, cerré las piernas mordiéndome la comisura del labio inferior y cerrando fuerte los ojos llorosos, coloqué mis manos contra la pared para tomar impulso. Choqué fuertemente contra su cadera llevándola hacia atrás, introduciendo un tercio de su bola en mí y ensartándome su puntiaguda y ancha verga dentro mi útero (en ese momento soltó su primer chorro de semen caliente directo en mi interior, perdiendo algo de fuerza en sus patas delanteras) consiguiendo por fin un movimiento simple de vaivén. Ya sin chocar, acompañando el ritmo logrado, salgo con fuerza impulsada de nuevo hacia la pared y me tiro al suelo por segunda vez. Al desprendernos escuché un ruido proveniente de nuestros sexos (¡PLOP!). Por fin había logrado desenterrar su pene por completo, cayendo juntos hacia delante.

    Cuando comencé a apoyar mis rodillas en el suelo para pararme, me intentó montar, esta vez de frente. Era claro que él quería seguir. El teléfono había parado de sonar.

    Su enorme miembro estaba frente a mi cara golpeando mis cachetes y labios, no iba a parar (como los hombres que hasta no acabar no paran). Mareada por pararme de golpe y sin sandalias, abandoné el guardarropa a los empujones, sosteniéndome de donde podía, con Godo intentando montarme en reiteradas ocasiones en lo que se había transformado en una carrera hacia el baño. De mi vagina escurría su semen viscoso y blancuzco que bajaba por el interior de mis piernas, dejando un rastro sexual por donde pasaba. Llegué dificultosamente donde tenía el spray que me había mencionado Lau. Al rociarle sobre el hocico, reaccionó yéndose para atrás, el cual ladrándome molesto desapareció de mi vista.

     Por fin sola, sin poder creer lo que había pasado, me miré en el espejo del baño sosteniéndome del lavabo. Me encontré temblando, con la tanga arremolinada a mi tobillo derecho, con la espalda empapada, exhausta, despeinada, con los ojos llorosos, rasguñada y la vagina adolorida. Noté las ganas terribles que tenia de orinar. Mirando el inodoro noto un poco de sangre mezclada con la orina. Nunca me habían dado de esa manera y mucho menos me había tocado nadie con ese tamaño de verga. En tiempo record acomodé y limpié como pude la ropa que llevaba puesta mientras me maquillaba. Salí hacia el living descalza acomodándome la pollera roja, notando que no llevaba ropa interior. Puse la clave de la pc y mientras se prendían los programas me hice un café fuerte para despabilarme.

Era obvio que mi día laboral había empezado con el pie izquierdo, y ahora tendría que remar más de lo que ya venia haciendo en el mes. Godo era un perro y no lo podía odiar por lo que hizo, me había dejado llevar y ahora tenía que afrontar las consecuencias…

Fin del segundo relato.

PD: Sinceramente no creí nunca ponerme tan contenta al leer sus mensajes de aliento para que siga escribiendo, muchas gracias. En el próximo relato les contaré cómo siguió mi mañana laboral y mis días con Godo de compañero de departamento.

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