La nieta del señor Pablo

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¿Sabe el nombre de la chica?

-¿De cual de ellas? – preguntó el dependiente mientras buscaba el sandwich.

-De la guapa, claro. El resto no merecen la pena.

-Ha, ella… ¿Cómo se llamaba? – El cliente abrió el sandwich que le acaban de entregar como si nada y tras echarle un vistazo y olerlo, lo volvió a cerrar. -Julia, es la nieta de Don Pablo. Ha venido a pasar unos días con sus abuelos. Es hermosa, ¿Verdad?

-Lo es.

El cliente sacó un billete de 5, pagó, y guardó el sandwich para su mascota. Había entrado con una sola cosa en mente y ya tenía lo que necesitaba.

La nieta de Don pablo… Lo que significaba que era la hija de Don Pablito. ¿Quié se hubiera podido imaginar que semejante hombrecillo iba a tener una hija tan bella algún día? Por supuesto la idea de que fuera adoptada o de que él no fuera su padre pasaron por su mente.

Pero en realidad nada de eso importaba.

Tenía su nombre y su dirección, sabía donde encontrarla, lo único que de verdad necesitaba para iniciar su cacería.

A primera vista su casa no destacaba en absoluto del resto. Se trata de una vivienda de dos plantas con su garaje y su jardín, diferente pero en el fondo idéntica a la de sus vecinos.

Lo que la hacía diferente era la habitación secreta donde Alberto daba rienda suelta a sus deseos más íntimos.

Dentro de ella se encontraba su mascota, Blanquita, encadenada al suelo.

Alberto tiro el sandwich al bolt de su mascota.

Está metió la cabeza dentro y comenzó a comérselo.

-No entiendo como puede haber gente que le guste eso. Yo desde luego no se lo daría a comer ni a los cerdos.

Blanquita no dijo nada. Despreciar la comida que su amo le ofrecía, ya fuera sobras o mierda, se consideraba una falta gravísima.

Su amo escupió en él para darle sabor y se encaminó hacía la puerta.

-Por cierto, dentro de poco vas a tener compañía. Ella no lo sabe aún, pero no es como si tuviera otra opción.

Cerró la puerta dejando a Blanquita en la más absoluta soledad, tiritando de miedo mientras recordaba como ella misma había sido atrapada por su amo y señor.

En la época actual no es para nada difícil encontrar información sobre alguien en particular, ya que por norma general la suelen colgar ellos mismos.

No tardó mucho tiempo en encontrar lo que estaba buscando. Las fotos de sus redes sociales mostraban a una joven llena de felicidad y de vida. También descubrió otras cosas sin importancia, como era la menor de dos hermanas o que no parecía tener novio.

El único dato realmente importate era su dirección de contacto. La caza no era divertida si la presa no sabía que la estaban persiguiendo.

“Buenas pequeña.

Decir que me he encaprichado de ti es quedarse corto. Te deseo como pocas veces he deseado algo y siempre consigo lo que quiero. Te recomiendo que te entregues por tu propia voluntad para ser mi mascota, una sucia cerda que sólo viva para cumplir mis más depravados deseos, pero si decides luchar, disfrutaré doblegándote.”

Julia quedó aterrada al leer el e-mail esa misma noche. Estaba acostumbrada a recibir de vez en cuando alguna que otra obscenidad, pero nada tan perverso como lo que tenía delante de sus ojos.

Lo leyó una y otra vez, intentando racionalizarlo.

¿Debía contestar? Y en caso de hacerlo, ¿Qué debía escribir?

¿Debía borrarlo? Pero el mensaje, y de esto estaba segura, volvería a llegar. Seguramente, en peores términos.

Lo más prudente y más sensato era contárselo a su abuelo, pero estaba delicado del corazón.

Decidió responder…

“Si vuelve a escribirme avisaré a la policía”

La respuesta no tardó en llegar.

“¿Te has mojado leyendo mi mensaje? Seguro que sí, seguro que ahora mismo estás deseando tocarte para darte el placer más sucio que has tenido en tu vida. Adelante, puedes hacerlo, tienes mi permiso. Levántate el camisón y métete mano a través de las braguitas.”

-Será…

No, no se había mojado. Sólo sentía asco y repulsa por lo que estaba leyendo.

“Ya le he avisado. No vuelva escribirme o tomaré medidas”

“Si de verdad fueras a tomar medidas ya lo habrías hecho, sucia cerda. En cambio aquí estás, leyendo y contestando a mis correos, haciendo algo indecente y prohibido. ¿Te has tocado ya?”

Se había equivocado. No debía de haber escrito desde el principio.

“Ya le he avisado”

Cerró el portatil y comenzó su rutina diaria de antes de acostarse. Fue al baño a lavarse los dientes y a orinar, pero no se sacaba de la cabeza la extraña conversación que acaba de tener.

Cuando regresó de nuevo a su habitación sintió la imperante necesidad de abrir el portatil, de saber que le había respondido, como si este le estuviera llamando.

“Yo también. Es mucho mas divertido cuando lucháis. Por cierto, no te toques, ya no tienes permiso para hacerlo”

Cerró de nuevo el portatil y se metió en la cama.

Había adquirido la costumbre de masturbarse en la cama antes de dormirse, pero esa noche no lo hizo…

Tras desayunar e intentar aparentar normalidad delante de sus abuelos, Julia se propuso denunciar al hombre que le había escrito en la noche, tal y como le había dicho.

-Buenos días. ¿No eres del pueblo, verdad?

-No. – respondió Julia – Estoy aquí pasando unos días con mis abuelos.

-¿Quiénes son?

-Don Pablo e Ines.

-Vaya, no sabía que tuviera una nieta. ¿Qué tal le va a tu padre? Hace tiempo que no sé nada de él.

-Está bien, gracias.

No le gustaba nada la manera en el que el viejo la estaba mirando. Podía notar su mirada examinandola, recorriendo todo su cuerpo pulgada a pulgada.

-No te pareces en nada a él.

-Me parezco más a mi madre. – respondió Julia con apenas un hilo de voz.

-De dónde habrá sacado ese capullo a semejante belleza. Cuando se marchó del pueblo no dábamos un duro por él, pero mirándote se nota que ha triunfado.

Era él. Su instinto se lo estaba gritando a voces. Ahí, sentado en el banco de una plaza semi vacía, fumándose un cigarrillo como si no pasara nada.

Y realmente no pasaba nada, a la vista de todos los demás solo estaban hablando.

-¿Te tocaste al final?

Julia no aguantó más y comenzó a andar en dirección a la casa cuartel de la guardia civil.

-Quiero poner una denuncia, por favor.

-¿Y qué quiere denunciar?

-A un hombre que estaba sentado ahí, en la plaza. Me ha mandado ciertos correos…

-Déjeme ver… Vaya, ¿Y cómo sabe que ha sido él?

-Bueno… porque… me ha preguntado si… – respondió muerta de vergüenza

-Entiendo. ¿Tiene algún testigo?

-No.

-Entonces es su palabra contra la suya. Y esta dirección de correo es irrastreable. Imposible saber quien es el dueño.

A Julia se le cayó el mundo encima.

-¿Y ahora que hago?

-Ignoré todos los correos que le lleguen a partir de ahora. Esta clase de gente solo quieren divertirse un rato, así que simplemente ignorelo.

-¿Y si pasa a mayores?

-Por ahora no puedo hacer más. – respondió el guardia civil devolviendola el portatil.

Julia salió cabizbaja del cuartel de la guardia civil. Nada había ido según lo previsto. No, se corrigió, todo iba como él quería.

Y tenía que volverlo a ver, porque el viejo seguía sentado en el mismo banco de la plaza donde la había dejado, fumando su cigarrillo.

-Ignóralo, ignóralo, ignóralo…

Llegó con el corazón saliéndole del pecho a la casa de sus abuelos, y tal y como ya sabía, estos no estaban.

Cerró la puerta tras de si. Estaba convencida de que el anciano la había seguido hasta aquí para violarla.

Nunca había sentido tanto miedo en toda su vida.

Tampoco tan excitada.

No lo entendía, para ella resultaba del todo incomprensible.

Durante unos minutos que parecían interminables espero. Espero en vano. Esperaba por algo que no llegaba.

Decidió no esperar más, subir a su habitación y abrir el portatil.

“¿Te tocaste?”

-Ignóralo, Julia, sólo ignóralo.

Cerró el portatil y comenzó a pensar en lo que había pasado con ella. ¿De verdad se había excitado pensando que iban a violarla?

Eso no podía ser, resultaba imposible del todo… y sin embargo…

Algo sonó en el piso de abajo.

-¿Abuelo? ¿Eres tú? – Nadie contestó – ¿Abuelo?

Agarró el portatil. Pensaba tirárselo a la cabeza de cualquiera que atravesará la puerta.

-¿Julia? – preguntó al fin una voz familiar – ¿Estás aquí?

-¿Abuelo? ¿Eres tú?

-¿Quién si no? Ven a bajo, a ayudarnos con la compra.

-Ya voy.

De un salto bajo de la cama y abrió la puerta solo para encontrarse la amplia sonrisa de su abuelo.

-Ven.

Pero había algo más. En la cocina su abuela estaba junto al hombre de la plaza.

-Hola, encantado de volver a verte.

Julia se quedó de piedra.

-Veo que ya conoces a mi nieta.

-He tenido el placer de verla esta mañana, Pablo.

-Ha venido a pasar unos días con nosotros porque mi hijo está de viaje de negocios y se ha llevado a su mujer consigo.

-Aja. ¿Es hija única?

-No, pero su hermana está preparando los exámenes.

-¿Y es tan guapa como ella?

-Para mi mis dos nietas son preciosas.

Una forma diplomática de decir que no. Alberto ya había visto las fotos y la mayor no le interesaba lo más mínimo.

-Por cierto, tengo piscina. Si en algún momento quieres venir a darte un baño, puedes hacerlo.

-¿Y mis amigas? – preguntó Julia con cuidado.

-No, ellas no. – dijó mirándola a los ojos.

-Entonces no.

-Vamos, vamos, no seas así. Alberto es amigo mío. – mencionó su abuelo. – Irá un día de estos.

Julia quería gritar que ese hombre la estaba acosando, pero no podía. No era solo el delicado estado de salud de su abuelo, también había algo dentro de ella que la impedía hacer lo que consideraba correcto. Para ese momento ya había bajado la mirada.

-Cuando quiera, sólo avísame.

No tardó mucho en salir por la puerta pues ya tenía lo que deseaba. Sólo se quedó lo justo para escuchar como Don Pablo anunciaba a su nieta que iría esa misma tarde.

-No pienso ir. Ese hombre solo me ha invitado para verme en bikini

-Pues ponte un bañador de cuerpo entero, pero no vas a despreciar su invitación.

-Solo las niñas usan esos bañadores.

-Entonces irás, usarás bikini, dejarás que disfrute de tu belleza y vuelta a casa.

¿Y si me pide que se la chupe también debo hacerlo? Pensó para si misma Julia.

Pero no tenía modo alguno de oponerse a los deseos de sus abuelos, así que resignada como estaba, marchó hacía casa de su acosador.

-Puedes pasar.

-Voy a dejar una cosa clara – dijo Julia con mucha más seguridad de la que en realidad sentía. – He venido porque me siento obligada, no sé bien el porqué…

-Tus abuelos y tu padre me deben un gran favor.

-¿Y yo soy el pago?

-Puede decirse que sí. Digamos que soy como la bruja mala del cuento.

Julia sintió una horrible presión en el pecho mientras Alberto le indicaba el camino hacía el interior.

-Puedes quitarte la ropa aquí.

Desnudarse delante de él. Aunque llevaba el bikini debajo de la ropa de calle, era eso lo que sentía.

Julia se quitó la camiseta y a continuación el pantalón bajo la atenta mirada del viejo.

-¿Ves cómo no ha sido tan difícil?

Apenas sabía que hacer con las manos. Había escogido un conjunto sugerente y bonito.

-¿Estás satisfecho?

Alberto respondió con una sonrisa.

-Ven, tengo que mostrarte algo.

El hombre comenzó a bajar por un escalera dirección al sótano y Julia lo siguió, no sabía muy bien porque. Abrió una puerta y le indicó a la chica que se acercara.

Lo que había dentro la dejó con la boca abierta.

-¿Qué… qué es eso?

-Tu futuro.

Dentro había una chica, una chica joven, colgando de sus pechos.

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